sábado, mayo 21, 2005

Cuando llegué a la capital me acostumbré a viajar en metro. Por la novedad. Y porque, he de reconocerlo, tengo cierta habilidad para perderme. Las estaciones no cambian de lugar, pero a lo largo de una calle existen gran número de paradas de autobús. Además en cada estación encontraba un plano de la zona, que siempre me ayudaba a situarme un poco mejor. Era por aquel entonces, recién venida de una ciudad en la que si preguntaba cómo se llegaba a una dirección concreta, la gente me miraba mal. Cuando aún no sabía que Madrid es tan grande que la mayor parte de los madrileños suele perderse fuera de su barrio, por lo que es frecuente que pidan ayuda para localizar lugares. Otra cosa es que quien les ayude lo haga con más o menos mala leche.
Por eso el metro se convirtió en uno de mis mejores aliados.
Lo asocio con olores, Plaza de España, donde se infiltran los aromas del chino del subterráneo. Con tiendas, FNAC, Callao o Leturiaga, Ríos Rosas. Con el sabor del miedo al examen en Ciudad Universitaria, cuando un músico callejero tocaba estupendamente bien la guitarra todas las mañanas. Con las caricias del domingo por la mañana recién salidita de Chueca, de Medea, en Antón Martín. Con las amargas despedidas de la estación de autobús de Méndez Álvaro, de aquel amor veraniego que duró hasta noviembre. Con los colores chillones, las poses histriónicas del orgullo gay que siempre sale de Retiro. Con la ilusión bajo el brazo, un guión en la cabeza a punto de reunirme saliendo por Arturo Soria. Con tocar en los vagones camino a Usera, mientras un segurata casi nos agarra por el cuello mientras los concurrentes nos miraban asombrados porque no pedimos monedas por brindarnos un ratito de su tiempo.
Con la sonrisa de oreja a oreja, la mirada en las nubes, después de la primera noche a su lado. Saludando al estadio del Rayo, enfrente de la estación de Portazgo.

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